que se calle el macho, que no me escucho a mi misma

 Cuando era más joven y no sabía casi nada, prestaba atención a quien me enseñara algo que valiera la pena. 

Así aprendí a leer y escribir.  Presté atención a los textos y a las personas que me hacían experimentar y renovar la visión del mundo que  generaba. Así fueron las cosas y siguen siéndolo cuando hace falta.

Empecé a hacer teatro y entendí para qué había llegado a la existencia y tuve la misma actitud que en el resto de mi vida: escucho, si vale el tiempo usado, sigo escuchando.

Estuve al lado de Lorenzo Mijares durante años. Escuché cómo trabajaba con los técnicos de los teatros,  actores y actrices. Presté atención a cómo creaba y  observé con admiración  cómo se movía como pez en el agua dentro del escenario. Tuve un gran maestro, generoso y muy talentoso. 

Con los años, empiezo a sentir que estoy creando mi propio lenguaje, empiezo a derramar en el escenario este mundo de emociones que tanto agita mi ser.

 Hice mucha autocrítica como mujer, como artista, como proyecto de intelectual. He pasado muchos años preguntándome si todo lo que digo, pienso, siento y hago es congruente. No siempre puedo  responderme que sí, pero creo que mis incongruencias no son demasiado graves.  

El asunto ahora es poder empezar a disfrutar de esa terrible cosecha que me espera en los años siguientes de mi vida. Quizá estoy justo a la mitad, por lo menos, a la mitad de seguir subiéndome a los escenarios. Me veo viejita, con mis huesos rechinando más que las maderas.

Pero como mujer hay estar a los codazos. Los hombres no dejan de opinar y dar indicaciones de todo lo que se hace. 

Abracé el feminismo el día que me dí cuenta de lo injusto (sistemáticamente injusto) que es todo para las mujeres. Incluso para las mujeres de la clase dominante.

El feminismo vino a hacerme saber que había vivido en un mundo hecho a la medida de los machos. Y lo cierto es que, incluso al lado de hombres muy sensibles y comprometidos con la igualdad, pude notar cómo les jode que las mujeres hayamos decidido cambiar este sistema que nos hace estar por debajo. Siempre por debajo. 

Las características de mi familia, hicieron que me criara en un contexto particular en el que el ser mujer no me limitaba demasiado. Tuve otros problemas, pero siempre he sido una persona convencida de lo que hago y quiero. Tuve y tengo que pelear mucho para poder ser quien soy. 

Ser artista independiente en un mundo capitalista y patriarcal, créanme, no es fácil. Haberme  negado al camino fácil de la academia (camino para el que estaba prácticamente diseñada) sólo hizo, quizá, complicarme el aspecto económico de mi vida. Pero me dio una libertad infinita. Un soltura fresca. 

Siempre digo que soy locomotora de proyectos. Desde hace años aprendí que no hay excusa para no hacer teatro. Incluso, en este 2020, estrené 3 obras. Me resulta la vida más agradable en todos los aspectos, cuando estoy haciendo teatro. 

Soy directora de teatro y actriz. Tengo una visión global del hecho escénico. Y puedo desarrollarlo todo, desde las escenografía hasta la intensidad de las luces y los conflictos personales de una actriz para desarrollar su personaje. Puedo trabajar sobre el escenario actuando y preocuparme si a la luz de la esquina del escenario hay que bajarle la intensidad. Yo soy eso. Una fibra más de la escena en cuanto a teatro hablamos.

Y no sería tan necesario hacer inventario de mis características como artista si no tuviese a los hombres dispuestos a ocupar espacios que no les pertenecen. Puede ser desde pintor hasta fletero, pero el macho humano se comporta como si yo necesitara de su opinión para cada cosa que hago. Y claro que está bueno recibir ideas y opiniones...pero ¿todo el tiempo? no sería posible que si a los 41 años cuento más de 10 obras estrenadas bajo mi dirección y tantas otras como actriz, no sería posible que yo supiera si las luces del escenario deben ser azules o amarrillas? No sería lógico pensar que no hace falta decirme qué lugar tengo que usar para sentarme durante la función? Y estoy citando ejemplos reales que viví.

Y además siempre está ese tono casi afrancesado chauvinista porque la opinión masculina tiene un peso promedio mayor al de cualquier mujer. Si el hombre opina, de lo que sea, aún en neurocirujia siendo astrónomo, esa opinión debe ser tomada en cuenta por encima de la de la mujer especializada en lo que se está haciendo o discutiendo. 

Yo no me he relacionado en el ámbito de las ciencias exactas, no sé cómo es ahí realmente. Pero del ámbito del arte,  la cultura y la política, sí conozco mucho y es tan cansino; tan desagradable tener que filtrar todo el tiempo qué opinión vale la pena y qué opinión sólo es porque el hombre aun no puede soportar que la mujer decida y haga según su parecer.

Antes, nos tenían confinadas a las tareas domésticas y posiblemente ahí teníamos algunas libertades para decidir: arroz o fideos. Pero seguramente en aquella época los hombres también tenían opiniones sobre qué repulgue era mejor para cerrar la tarta. No importa el tema o la época, el macho humano no sabe callarse ante el conocimiento y la experiencia de una mujer.

El asunto es que  podemos tener experiencia y conocimientos , tanto como cualquier otro hombre, pero aún vivimos en una sociedad en la que Raúl cree que tiene algo para decir en temas que ni siquiera entiende del todo. 

Y a las mujeres nos han enseñado que esa opinión es válida. Debemos escucharla y tomarla en cuenta. Es más, si la tenemos que desechar por inservible, antes, tenemos que comprobarla empíricamente.


Escribo esto después de algunas experiencias que he tenido. 

Con los años acumulo anécdotas en las que me han negado trabajos, sólo por ser mujer. O situaciones en las que los hombres han querido abusar de mi cuerpo en la misma escena o fuera de ella.

He desarrollado mi vida y mi pasión en un continuo tránsito de experiencias que yo misma me he otorgado. Dejé la opinión de mi papá junto a su tumba antes de que él mismo muriera y he conseguido filtrar durante años lo que un hombre o una mujer me podían sumar a esta larga experiencia humana que es la existencia.

Y seguiré así, porque esa es mi fibra más interna. Cuestiono y me repregunto.

Sólo deseo que el macho humano aprenda que su opinión no es imprescindible. 





 Encontré algunas libertades

otras tuve que provocarlas.



Algunas han sido conseguidas: 

un placer cerca, un mundo adentro.


Pero falta espacio para más mundos

y sobran cosas que taponan las superficies de palomas sueltas al sol.


Tengo que sacarme el grito del género,

el hombre al que seduzco,

el que me hace esperarlo;

me enseña,

me explica.

Ese hombre idiota que cree saber más que yo.



el que me mira linda, bella, hermosa, guapa. (así con ese tono de desenfreno absurdo jajajaj)

Ese que espera que yo tenga el cabello como a él le gusta,

la falda que a él le excita,

...los ojos que miran su mundo.


Por suerte, hace años, me saqué al hombre que me crió,

el que me quería si yo era niña para siempre, católica asquerosa.


Me saqué también al que competía conmigo, 

el de las bromas sucias,

el de la envidia controlada.


Me saqué al desparejo,

al carcelero, al aburrido.

Me saqué al inteligente!!!al que sabía más que yo.


Nací sin el que me mantenga, pero me toco ser criada por el golpeador.

Muchos hombres han vivido y viven en mi cuerpo, mis manos, mi sexo,

mi cabeza, emociones. sentimientos.

De a poco los saco, de a poco los hecho.


Me gusta la distancia del amor,

el regocijo del placer,

el encuentro de los mundos.


Pero desde hace algunas noches,

en esta especie de encierro deliberado,

en un encuentro con las estrellas,

supe que vivían demasiados hombres dentro mío.


Quiero sacármelos. 

Resulta imprescindible echarlos 

para hacer más espacio para las ramas y hojas y frutos 

del árbol del que crece mi humanidad.


Hay mujeres que nunca fui, quizá, no tenía los hombres necesarios

para ser esas mujeres que nunca quise ser.


Por eso, en este tiempo, en estas noches en las que colapsan las duermevelas,

me doy cuenta lo imprescindible que es sacarme a esos hombres de mi cabeza.

No tienen nombre, ni edad, ni rostro.

pero crecen como hongos

y hay que sacarlos de allí en donde crecen


nervios

 Antes de un estreno siempre hay nervios, cosas raras. Sentimientos escondidos entre las arrugas de los calendarios.

A veces necesitamos purgar de alguna manera este miedo terrible a compartir nuestro mundo. Nunca ha sido fácil abrirse a todes. siempre ha habido respuestas que nos dejaron un sabor extraño. Crear y compartir arte es algo tan efímero como difícil y necesario. 

Un especie de pulsión que no se apaga nunca.  

QUE NO DEJA DE LATIR.


Pero... es difícil a veces llegar a ese día. Todas esas ganas de crear tiene una necesidad implícita de compartir. y cuando compartimos...todo puede pasar.



Así y todo, te invitamos a ver este fabuloso estreno. y cada función de viernes de enero!!!

EL ESCÁNDALO DE LA MARIPOSA. de Rocío Luna.

Actuado por Rocía Luna y Constanza Benito.

Música Original de Pablo Ponce.

Gráfica: Get Social Community Manager

Y direxión: yo misma

cosas que pienso porque me tocó atravesar una pandemia

Personalmente creo que todo esto es una locura... dice la canción. y su música envolvente me llena de amor.
Llevamos meses de cuarentena, y lo que hace unos meses nos parecía una locura, ahora comienza a asentarse. Es extraño, pero me da la sensación de que algo ha venido para quedarse, es más, diría sin miedo a exagerar que estamos gestando una nueva disciplina artística. No es teatro. No es cine. Pero si actuamos, contamos historias y compartimos. Nos emocionamos y hay un público que disfruta y pide por más.
Debo decir, debo reconocer que fui escéptica de la posibilidad de actuar de manera virtual. Nunca fui actriz de cámara. Pero pasaron los meses y la necesidad de actuar creció. Empecé a probar frente a la cámara y empecé a entender que algo podíamos hacer. Y así fue. Pudimos. Y claro que podríamos haber grabado y editado o que podríamos haber actuado frente a la cámara y desde lejos mostrar la obra. Pero ninguna de las dos posibilidades me agradaba. No sé crear con edición, me gusta lo espontáneo, lo que muere en el aire mientras sucede. Pero cuando estaba lejos de la cámara, intentando mostrar todo mi cuerpo, también algo se perdía. Y comencé a acercarme a la cámara. A jugar con las distancias. A dejarme llevar intuitivamente para expresar mejor lo que late y sucede. 
Yo no soy una teórica del teatro, pero sí quiero compartir este proceso tan extraño y no puedo dejar de dejar asentado que este es un momento único. Necesitamos seguir expresándonos con el Teatro y aunque ahora no podemos hacerlo como siempre, estamos actuando, estamos contando historias, nos estamos emocionando.

Sucede que ahora tenemos que encontrar este nuevo lenguaje. Buscar la manera de expresar todo eso que expresábamos arriba del escenario.
Ahora el escenario es la pantalla. Y quizá sea bueno aceptar que no será sólo un parche, una medida extrema. 
En las funciones que hemos realizado, hemos tenido muy buena afluencia de público. Hemos podido compartir el trabajo con personas que están del otro lado del hemisferio.
Quiero decir, cuando apareció la imprenta, seguramente fue difícil aceptar esa nueva tecnología. Así nos ha pasado siempre. Nos negamos a aceptar algo que se dará por sí mismo. 
Yo misma pensé que no iba a hacer nada en clave virtual, solo ensayaría para no perder el ritmo de trabajo. Pero la tecnología siempre estuvo ahí, para ser usada, para ayudarnos a expresar tanto aire del pecho.
Ahí está el lenguaje, nuestra primer tecnología.
No podemos negar la pulsión permanente. la necesidad extrema de compartir la lluvia que cae en el alma. Es imprescindible. 
De todo esto cosas quedarán. No hay necesidad de tirar todo a la basura. No hay necesidad de negarnos a expresar de nuevas maneras.
No estamos dejando de lado los escenarios, estamos creando nuevos lenguajes.